‘El fin de San Petersburgo’, Vsevolod Pudovkin, 1927

El Fin De San PetersburgoTítulo original: Конец Санкт-Петербурга /Konets Sankt-Peterburga; URSS, 1927; Productora: Mezhrabpom; Director: Vsévolod Pudovkin. Fotografía: Anatoli Golovnya (Blanco y negro); Guión: Nathan Zarkhi; Reparto: Vera Baranovskaja, Aleksandr Chistyakov, Ivan Chuveljov, Sergei Komarov, Aleksei Davor, Vladimir Fogel, Aleksandr Gromov; Duración: 80′

“Yo bombardeaba el Palacio de Invierno desde el Aurora mientras Eisenstein lo asaltaba desde la fortaleza de Pedro y Pablo. Una noche volé por los aires parte de la balaustrada del tejado y temí complicaciones, pero, por suerte, esa misma noche Sergei Mijailovich hizo añicos las ventanas de 200 dormitorios.” (Vsévolod Pudovkin)

Sinopsis:

Debido a la pésima situación que se está viviendo en el campo, varios miembros de una familia tienen que emigrar a la ciudad en busca de trabajo. Tomando como protagonista a uno de ellos, un joven campesino que tras diversos avatares llega a ser uno de los asaltantes del Palacio de Invierno de San Petersburgo, se nos cuenta la Historia de la Revolución rusa de 1917 hasta el momento en que San Petersburgo se convierte en Leningrado.

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Comentario:

Del mismo modo que ‘Octubre’ de Eisenstein, ‘El fin de San Petersburgo’ fue un encargo del gobierno soviético encuadrado en el marco de las celebraciones del décimo aniversario de la Revolución. Pudovkin nos ofrece una película más narrativa que Eisenstein en ‘Octubre’, pero igual de efectiva.

La fotografía destaca por su gran belleza, presentándonos algunas imágenes de enorme lirismo. ‘El fin de San Petersburgo’ es una película propagandística, pero Pudovkin no se conforma con eso, sino que va más allá y hace de ella una película antibélica admirable.

Las peripecias de un esquirol le sirven a Pudovkin para narrarnos los acontecimientos que desembocaron en la revolución de 1917. Sin embargo, dando un paso más en el análisis de las diversas subjetividades presentes en torno al trabajo, el esquirol que vemos aquí es muy distinto a los que nos presentaba en ‘La madre’, no se trata de un hampón o de un borracho condenado de partida como parte del enemigo, sino de un emigrante del campo que simplemente necesita trabajar para comer.

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Como es habitual en Pudovkin, utiliza actores e introduce a un protagonista que experimenta una concienciación. Se pretende con esto que el público se identifique más fácilmente con la historia. De nuevo, como en ‘La madre’, busca la implicación y la concienciación social a partir de un individuo que no es un mero tipo, que es una “persona”.

Al comienzo de la película se presta atención a la penosa situación del campesinado, mostrándonos las penurias de los habitantes del campo, similares o mayores a las de los trabajadores fabriles, así como la necesidad de emigrar a la ciudad para conseguir trabajo ante la imposibilidad de alimentar todas las bocas con los recursos de la tierra.

Nuestro esquirol es un hombre sencillo, sin ideología y con el único recurso de su fuerza de trabajo, que a la llegada a una ciudad revuelta encuentra empleo precisamente en una fábrica en la que se ha convocado una huelga. De este modo también por primera vez vemos uno de los métodos clásicos de los patronos para luchar contra una huelga: la contratación de obreros externos más necesitados o menos comprometidos que sus propios trabajadores.

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A partir de aquí los acontecimientos que se suceden, y que como era de esperar llevan a la toma de conciencia del protagonista, se alejan del mundo del trabajo para adentrarse en otros conflictos, sin embargo, en estos otros conflictos la película pone de relieve factores que ya entonces determinaban las condiciones laborales y que se mantienen de distintas formas hasta nuestros días.

Uno de estos factores, el más central, es la guerra como negocio, como instrumento para poner en marcha las economías de los países en conflicto, de modo que, como se dice expresamente “todos ganan”. Y como no podía ser de otra forma con un gobierno corrupto, con la guerra vienen los acuerdos comerciales para producción de armamento y los contratos con la administración. Y claro, guerra, crisis, llamamiento al patriotismo de los obreros para que trabajen más por menores salarios.

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La forma en que Pudovkin nos lo relata es magistral, haciendo constantes paralelismos entre el conflicto en la fábrica y las justificaciones de los patronos con las escenas en la bolsa y la constante subida de las acciones. Luego el paralelismo se traslada al campo de batalla, donde vemos morir a los mismos obreros rusos en las trincheras mientras las acciones siguen subiendo. El negocio del hambre y de la muerte.

Pero además evidencia de forma magnífica la ideología que hay detrás de esos intereses. Los especuladores que se apelotonan delante de la bolsa siguiendo la evolución de los índices visten todos igual, “a la alemana” como dice la cinta, es decir, justo como el enemigo. Porque efectivamente son el enemigo: capitalistas. Pudovkin monta con ellos casi un ballet, se mueven al unísono, giran sus cabezas de forma coordinada, como si fuesen un único organismo casi mecánico, o militar, dirigido desde las altas esferas.

Resulta curiosa la contraposición entre este colectivo sin alma, en el que no se puede distinguir a un individuo de otro, y el formado por los obreros organizados, que precisamente surge de la unión y la cooperación de individualidades.

También es revelador cómo ese “organismo” capitalista se nos muestra claramente como un factor determinante de la represión directa del obrero, al mismo nivel o incluso por encima de los brazos armados clásicos representados por la policía o el ejército.

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Es sobrecogedora, en la parte final de la película, la escena en la que la mujer interpretada por Vera Baranovskaja busca a sus familiares entre los asaltantes tras el asalto al Palacio y termina repartiendo entre los heridos lo poco que tiene, unas modestas patatas. Con esta hermosa imagen se nos muestra la solidaridad entre las clases más humildes.

Pudovkin emplea un montaje asociativo, menos abstracto que el montaje de Eisenstein. No se busca lograr nuevos significados, sino que el montaje va de la mano con la narración. Sí que hay asociaciones de imágenes, metáforas y paralelismos, pero su objetivo no es crear conceptos nuevos, sino influir de forma más profunda en el espectador.

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Para terminar, una anécdota: Berlanga se inspiró en estos pasajes para una de las escenas de ‘Bienvenido Mr. Marshall’, en el que llamaba “el plano Pudovkin”, los bombines son sustituidos por sombreros castellanos ante el ayuntamiento de Villar del Río.

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