‘El pan de cada día / Hambre en Waldenburg’, Phil Jutzi, 1929

Phil JutziTítulo original: Um’s Tägliche Brot/ Hunger in Waldenburg; Alemania, 1929; Productora: Prometheus-Film-Verleih und Vertriebs-GmbH, Volksfilmverband; Director: Phil Jutzi; Fotografía: Phil Jutzi; Guión: Léo Lania; Reparto: Holmes Zimmermann, Sybille Schloß; Duración: 37′

Sinopsis:

El director y operador Phil Jutzi, uno de los mejor dotados realizadores del cine militante, dirigió ‘Hunger in Waldenburg (Hambre en Waldenburg, 1929)’, que muestra cómo un tejedor de Baja Silesia en paro y hambriento intenta robar, pero se lo impide otro obrero, que le auxilia y le da cobijo, siguiendo el principio de la solidaridad obrera. (Román Gubern)

Semidocumental sobre la pobreza de los mineros del carbón de Silesia, basado en un texto de Leo Lania y producido por Willi Münzenberg, el ideólogo de la política cultural de la Komintern durante los años veinte y treinta. (Documenta Madrid 11)


Comentario:

‘El pan de cada día/Hambre en Waldenburg’ es la primera película dirigida por Phil Juzti, quien se había iniciado como operador de documentales de manifestaciones para la Ayuda Internacional de los Trabajadores (Internationale Arbeiter-Hilfe – IAH) desde mediados de los años veinte. Producción de Prometheus, antigua productora del Partido Comunista de Alemania (Kommunistische Partei Deutschlands – KPD) adquirida por Willi Münzenberg en 1925, el film se inscribe dentro del cine proletario alemán, alejándose de la épica de las películas soviéticas, para centrarse en mostrar de forma naturalista la miseria, la explotación e incluso la fealdad de las condiciones de vida de los trabajadores.

A medio camino entre el documental y la ficción, ya en los títulos iniciales se nos dice que lo que se va nos va a mostrar es la realidad sin artificios, que los personajes que vamos a ver no son actores, sino los propios trabajadores en sus condiciones de vida y trabajo. Y así llegamos a la cuenca minera de Waldenburg, en Silesia, donde la miseria no puede llamar la atención “porque ha estado allí siempre”. Con una cámara liberada del yugo del trípode, que le debe mucho al Murnau de ‘El último’, a la Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit) y al realismo expresionista (Kammerspielfilm), nos metemos en las casas de los trabajadores, vemos cómo duermen, cómo se preparan para la nueva jornada, el aumento de actividad en las calles, el trabajo en la mina… La cámara desencadenada se muestra a veces torpe en sus movimientos, como también lo hace la iluminación con antorcha que invade el descanso de los trabajadores y sus familias, pero esto no hace más que realzar la sensación de verismo, poniéndonos en la posición justa de observadores externos que somos.

En toda la primera parte el planteamiento documental es escrupuloso, por más que las intenciones de la narración son explícitas. La primera y más evidente, como ya hemos dicho, la denuncia de la miseria en la vida y en el trabajo, que se ve reforzada por textos con datos estadísticos insertados en la imagen, y que nos hablan del hacinamiento, enfermedades infantiles, mortalidad, etc. Pero también hay otros mensajes más sutiles, como la contradicción que puede suponer la fe en un Dios que te tiene abandonado, y que se nos hace patente en la alternancia de imágenes de pobreza en las casas, con símbolos religiosos de todo tipo, e incluso con los típicos textos de agradecimiento al Señor sobre los hogares.

A mitad de la película se nos muestra el símbolo de los grandes beneficiados de la penuria de los trabajadores: la gran familia de la zona, propietaria de grandes terrenos, fincas y mansiones, tanto en la ciudad como en el campo. Propietaria de la mina y también de las fábricas textiles no muy lejos de allí, donde se traslada la acción.

A partir de aquí, y hasta el final, el documental se convierte en una dramatización. Quizá parte de de los actores no sean profesionales, pero desde luego sí el que se convierte en protagonista, al que podemos ver en siguientes películas del mismo director. Trabajador en una fábrica textil, una nueva bajada del salario hace que se decida a probar mejor suerte en la cuenca minera, y así se lo comunica a sus padres, con los que vive. La escena en que ocurre esto muestra claramente la identificación total entre trabajo y vida, sin necesidad de recurrir a ningún discurso, solo con la imagen. Ya desde antes de que el hijo vuelva del trabajo vemos a los padres en casa, cada uno en un telar, trabajando sin parar. Cuando por fin llega, les comunica la mala noticia y su decisión, con las consiguientes réplicas y preguntas, y siguen tejiendo sin parar. Tan solo un momento abandona la madre la labor para atender a la comida que tiene en el fuego, volviendo inmediatamente. Sólo en las horas de sueño se pueden separar de la máquina si quieren tener lo mínimo para malvivir.

El hijo llega a la ciudad minera, pero las cosas allí no son fáciles, y en poco tiempo está hambriento, sin trabajo y sin casa. Volvemos a las penurias de la vida de los trabajadores de Waldenburg, pero con un enfoque dramático. La solidaridad de otros trabajadores salva a nuestro protagonista de la desesperación, aunque su rebelión final contra la injusticia le aboque al desastre.

En toda esta segunda parte Jutzi da muestras ya de su habilidad para la narración de ficción, utilizando de forma muy eficaz recursos tanto del cine expresionista, en el uso de la luz y los encuadres, como del cine soviético, en los picados y primeros planos. No es de extrañar, ya que colaboró con Prometheus en la adaptación alemana de producciones soviéticas, entre ellas ‘El acorazado Potemkin’ de Eisenstein, de modo que conocía bien ese cine.

Aunque más que Eisenstein, parece que su mayor influencia soviética fue Pudovkin, a juzgar por la emotividad de sus planos. Hay que destacar aquel en el que el protagonista, hambriento, se para ante un puesto con arenques. La lucha entre su hambre y su dignidad adquiere un enorme dramatismo en un sobrecogedor primer plano en el que vemos como las lágrimas le caen por el rostro demacrado, mirando fijamente al pescado e intentando vencer la tentación de robarlo.

Con todo, a pesar de que el film no tiene una posición nada neutra, se mantiene alejado de planteamientos propagandísticos. El compromiso no ciega la objetividad, no plantea salidas porque en Waldenburg, la situación concreta observada, no hay salidas. No parece haber conciencia de clase, como sí la había en otras partes de la Alemania de la época, no hay organizaciones, ni movilizaciones, ni protestas ante la injusticia, solo vemos resignación. El único conato de rebeldía individual, el del protagonista, es aplastado sin miramientos, mientras las puertas de los trabajadores que asisten al suceso se  van cerrando una tras otra para no ver, para no conocer, para no inmiscuirse. Y ahí nos deja, con ese regusto amargo.

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